Miguel Berdiel

Haciendo lo que me enseño mi abuelo, que fue de profesión alfarero

¡Las manos mojadas! Me decía mi abuelo. ¡Las manos mojadas!

Cuando apenas tenía 10 años, por las tardes después de salir del colegio, llegaba a casa deprisa y entraba corriendo al obrador. Allí estaban mi padre y mi abuelo trabajando. A menudo, si estaban montando botijos yo ponía los pitorros.

Por cierto, el botijo como todas las piezas de alfarería tienen diferentes tiempos para su fabricación, lo primero que se hace es el cuerpo y una vez que el barro coge la textura del cuero se hace el asa, la boca y el pitorro. Primeramente se une el asa al cuerpo del botijo y después, la boca y el pitorro. Esas dos últimas piezas eran las que yo empecé a hacer. Para pegar las piezas recién hechas hay que tener las manos mojadas porque en caso contrario, el barro se pega a la piel seca y la pieza se rompe.

Una vez secas las piezas había que cocerlas. Entonces, teníamos un horno árabe a los que se les llamaba “de pozo”. Un espacio, más o menos la mitad por debajo del nivel del suelo, con dos cámaras. La más baja era la caldera (donde se hacia el fuego) sobre la que se colocaban las piezas para cocer. Utilizábamos diferentes combustibles, desde paja de cereales, hasta serrín o pinochos de maíz. En aquel tiempo, las cocciones eran difíciles, todo se hacía a ojo y había que conocer muy bien los colores del fuego para adivinar cuál era la temperatura que tenía el horno. Nada que ver con los espacios cerrados de ahora, con una puerta por donde se introduce lo que se quiere someter a la acción del calor.

Recuerdo que cuando sacábamos las piezas ya cocidas del horno casi siempre era una incógnita, “¡Aibá!, mira qué color a cogido”, decíamos a menudo.

Pero si el horno era difícil, lo más complicado era la tierra, había que traerla de diferentes sitios y mezclarlas. Así se conseguían hacer unas buenas piezas. De una parte, arcillas primarias con mucho óxido de hierro que daban plasticidad y de otra, arcillas altas en sílice, que aguantaban mucho la temperatura y daban porosidad. Si la mezcla estaba bien obtendriamos buenos botijos y cantaros que harían el agua fresca.

De aquellos tiempos me acuerdo de muchas cosas, pero de la que más me acuerdo, es ver a mi padre en el torno haciendo las piezas, como iba estirando el barro hasta que conseguía hacer la forma deseada. Mirándolo me preguntaba ¡cuando sabré hacer eso yo!